4ª Clave: Una liturgia que eleva

Liturgia

La liturgia en la Sagrada Escritura


La liturgia no es un acto aislado, extraño o que hacemos porque alguien lo inventó, sino que es un continuo en toda la Historia de Salvación. En el principio, Dios crea el mundo, entendido como un gran templo, cuyo sacerdote es el ser humano llamado a alabar y bendecir a Dios. Los Patriarcas vivieron una continua alabanza y cuando el pueblo estuvo esclavo en Egipto, Dios, quiso manifestarse mediante una liturgia de liberación, para que saliera de Egipto y pudiera darle culto en el Sinaí. De camino a la tierra prometida, Dios les dio las tablas de la Ley, construyeron el tabernáculo y la tienda del encuentro en el desierto que cuidará La tribu de Leví. Años después, Salomón construirá un gran templo en el que se comenzará un nuevo culto: los sacrificios, los sacerdotes… Cuando Israel es invadida por Babilonia y es desterrada y ya no hay Templo, el Señor les suscita otra forma nueva de liturgia: la celebración de la Palabra en la sinagoga, la cual, continúa en el destierro, la persecución, el abandono y el sufrimiento. Es en medio de este destierro terrible, donde Dios se manifiesta y el pueblo reconoce una manera nueva de alabar, de confiar en Él, una nueva liturgia. Cuando el pueblo vuelve a su tierra, un pequeño grupo seguirá esperando al Mesías y son estos, los anawin, de los que nacerá el Mesías y con Él la plenitud del culto que la trae la Eucaristía y que nos llamará en el apocalipsis a la liturgia de alabanza en la vida eterna.

¿Qué ha suscitado en ti descubrir esta dimensión litúrgica de la Historia de la Salvación? ¿Cómo vives en tu vida que eres parte de esa Historia que continúa en ti?

¿Qué es la liturgia, quién la celebra?


La Liturgia nos sumerge en el misterio Pascual y nos garantiza la posibilidad del encuentro real con aquel a quien se nos llama a adorar. Las palabras y gestos litúrgicos realizan lo que significan y tienen el poder de transformar nuestra vida, uniéndola Cristo.
La liturgia nos impide vivir la fe desde una concepción gnóstica, que nos encierra en una subjetividad sentimentalista o un neopelagianista que no acepta el poder de Dios y su gratuidad. Pero para ello, hemos de pedir que se nos permita descubrir cada día la belleza de la verdad de la celebración cristiana en un mundo demasiado rápido, eficaz, cambiante, disperso, superficial…que choca radicalmente con la experiencia y el lenguaje litúrgico.
Es fácil vivir la liturgia como folklore popular, como ritos “sociales”, como algo privado, devocional, que celebra el cura y que nosotros vivimos pasivamente.
La grandeza de la liturgia es que es presidida por Cristo, es Él quien celebra, porque Él es el único sacerdote, no la celebra el cura, sino todo el pueblo sacerdotal, Cuerpo místico de Cristo y, la celebra para el Padre, no para la comunidad. Esto cambia la perspectiva de todo, no es una cura que nos celebra, es el Cuerpo Místico de Cristo que celebra al Padre. A partir de aquí, el posicionamiento es totalmente distinto.

¿Qué cosas de las que hemos hablado en el Taller, te dificultan la experiencia litúrgica? ¿Qué provoca en ti saber que, como parte del pueblo sacerdotal, celebras la liturgia? ¿Cómo vives la grandeza de que cada celebración es para el Padre?

¿Cómo celebrar?

Para poder participar plenamente en la liturgia, lo primero y tal vez, único que se nos pide es que dejemos que el Espíritu actúe en y por nosotros. Para eso es imprescindible estar en gracia. La confesión no es un peaje, sino una necesidad para dejarnos habitar, querer, moldear, transformar.
Una vez nuestro corazón esté preparado para dejarse, los signos, gestos, palabras, cantos, silencios de la liturgia… deberan ser equilibrados, de manera que ayuden, todos y cada uno, a vivir la alabanza al Padre por Cristo en el Espíritu, sin que ninguno cope la totalidad de la celebración. La Eucaristía es algo más que la homilía, que los cantos o que la simpatía del sacerdote, todo ayuda, como un buen envoltorio en un gran regalo, pero el regalo, es lo importante.
Entre las cosas que hay que cuidar para equilibrar la celebración, os proponemos compartir en el equipo estos puntos: La preparación a la celebración, la formación y sensibilización en el lenguaje litúrgico, la acogida y experiencia comunitaria al empezar y vivir la celebración, la música que eleva, los cantos que unen, los símbolos cuidados, las lecturas entendibles, la homilía que ayude sin eclipsar, el silencio orante, la experiencia de estar celebrando activamente, el convencimiento de ser enviados…

En la parroquia, a nivel litúrgico y desde los puntos que hemos señalado ¿qué cosas que estamos haciendo debemos seguir potenciando? ¿Qué cosas deberíamos dejar de hacer, cambiar o modificar?

Si quieres compartir este Taller en un equipo, ponte en contacto con parroquia@sanjaimemoncada.es

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